La familia y nuestra identidad
- yeseniaborjapineda
- hace 1 día
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La familia es el primer escenario a partir del cual una persona aprende a habitar el mundo, a vincularse, a interpretar la realidad y, sobre todo, a construir una percepción de sí misma.
No nacemos con una identidad ya formada y/o terminada. Nuestra subjetividad va tomando forma a través de la experiencia familiar compartida, las miradas, palabras, expectativas y silencios que experimentamos en el núcleo familiar y que promueven una manera de leer y responder a la realidad. Principalmente durante los primeros momentos de vida, el niño no solo depende del otro para sobrevivir, sino también para significarse. ¿Quién soy? ¿Qué lugar ocupo en el círculo familiar? ¿Qué esperan de mí? Estas preguntas (y sus respuestas), aunque no siempre de manera consciente, comienzan a formularse desde muy temprano.
La familia transmite mucho más que normas, reglas o valores explícitos. La familia es la fuente de múltiples identificaciones. De esta tomamos modos de sentir, de relacionarnos, maneras de tramitar nuestras experiencias, conflictos o pérdidas.
El rol formador de la familia está atravesado por las experiencias e historias generacionales, por las fantasías parentales, que resultan en expectativas y roles que preceden incluso al nacimiento de cada persona. Antes de llegar, ya existe un lugar y rol imaginado, y estas representaciones forman e influyen en la manera en la que nos percibimos, así como en los caminos que consideramos posibles para nosotros mismos y nuestro futuro.
Hay familias donde la diferencia es bienvenida y otras donde es vivida como amenaza. Algunas promueven la autonomía; otras, sin advertirlo, sostienen dinámicas que dificultan la separación. Así, cada configuración familiar va delineando un cierto mapa afectivo desde el cual el sujeto aprende a posicionarse frente al mundo.
De igual manera, la familia tampoco es una estructura ya formada en su totalidad y rígida e inmóvil. Es un sistema dinámico que, por un lado, busca conservar su equilibrio, pero también tiene la necesidad de ir adaptándose y transformarse. Cada cambio o crisis —un nacimiento, una separación, la adolescencia, una pérdida— conlleva una reorganización. Y son estas circunstancias, junto con la capacidad de adaptación y de respuesta, lo que determina si logramos o no entender nuestras experiencias desde una percepción más integradora, o más bien como un conjunto de situaciones o experiencias de las cuales no podemos aprender nada.
En terapia, no se trata de buscar responsables ni de reducir cada experiencia individual a la historia familiar, sino de comprender que el sujeto se forma a través de sus relaciones. Los vínculos más tempranos tienen un gran peso estructurante y dejan huellas en la manera en que amamos, aprendemos y repetimos. Y es a partir de aquí que cada persona experimenta y encuentra su propia manera de existir.



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