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Los diagnósticos en la niñez y la adolescencia

El bienestar de nuestros niños y niñas es un tema que nos preocupa. Queremos que estén bien, sean personas felices, plenas y capaces. Cuando notamos que algo se les dificulta, acudimos con especialistas para ayudarlos y ayudarlas a sobrellevar sus dificultades y para recibir orientación que nos permita fomentar un entorno saludable y apoyarlos en su desarrollo. A veces surge otro problema: recibimos un diagnóstico. Si bien los diagnósticos a veces pueden tener un efecto tranquilizante, al saber que lo que ocurre tiene un nombre y por lo tanto se ha estudiado y se puede tratar, también nos invade la angustia. ¿Si un niño es diagnosticado con TDAH, significa que toda su vida tendrá dificultades para prestar atención y regular sus emociones y comportamiento? Esto no tiene por qué ser así siempre.

En primer lugar, hablemos sobre cómo se formulan los diagnósticos. Algunos profesionales de salud mental diagnostican con base en el conteo de síntomas: se piensa que si un niño cumple con ciertos requisitos para el conteo de síntomas tenemos evidencia pura de que el niño presenta cierto trastorno. El problema con este sistema diagnóstico es que sólo toma en cuenta la conducta, mas no la motivación detrás de esta, el contexto social, la personalidad del menor, y a veces, tampoco se piensa en el papel que juegan las etapas del desarrollo o las situaciones concomitantes que dan lugar a la intensidad de cierta conducta sintomática.


La patologización de la infancia y adolescencia nace de una preocupación por el bienestar de nuestros menores, y es válida, pero no significa que el problema vaya a existir para siempre.

Por lo anterior, es necesario que pensemos en cómo tomar acción de manera temprana influye en el desarrollo de los niños. La infancia es una etapa en la que los niños juegan y experimentan con la realidad, la reconocen, la delimitan, y aprenden a distinguir entre su mundo interno y fantástico y el mundo externo que compartimos. Los adolescentes, a su vez, viven la transformación de su cuerpo, se cuestionan quiénes son para terminar de consolidar su identidad, a veces a prueba y error. Tanto es así, que muchas de las características de un trastorno límite de personalidad en los adultos, son iguales a las que podemos encontrar en un periodo de adolescencia. Algunas de estas son la labilidad emocional, la fragilidad emocional y la tendencia a percibir a los demás y a sí mismos en términos de pensamiento “blanco y negro”.


Si encontramos que nuestros menores sufren, presentan dificultades, o se encuentran en riesgo durante estos procesos, acudimos con un profesional. Y muchas veces, esto hace toda la diferencia, y tenemos hijos felices a pesar de que en algún momento cumplieron criterios que los llevarían a recibir un diagnóstico.

Además, cabe destacar que los diagnósticos se convierten, en algunas ocasiones, en “profecías auto-cumplidas”. Si un niño escucha con frecuencia que “es autista” y “por eso no sabe convivir con los demás”, o que tiene TDAH y por lo tanto “no puede poner atención”, si nos referimos a ellos como personas “difíciles” o “problemáticas”, estas descripciones pasarán a formar parte de la imagen que el niño forme sobre sí mismo. Los adjetivos que usamos para referirnos a los menores son interiorizados y pasan a formar parte de su autoconcepto, por lo cual es importante tomar en cuenta que ellos son mucho más que los problemas que llegan a tener.


La información que obtenemos por medio de realizar evaluaciones y conocer a nuestros niños, niñas y adolescentes es fundamental para otorgarles un tratamiento adecuado a sus necesidades. Dicha información, y el diagnóstico que emitimos, nos sirve de para para orientarnos hacia la dirección adecuada para ayudarlos: desde lo profesional, hasta el apoyo que podamos brindarles como padres, madres, familia, e incluso a nivel escolar.


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